Aquellos que cuidan demasiado su imagen externa con las demás personas, esconden muchas veces fragilidades que desean ocultar. Tienen una vida secreta y otra vida pública. Los tales se engañan a si mismos, pues no han confrontado sus propias debilidades y flaquezas, asumiendo que esta es la manera correcta de evitar ser vulnerables. Están vestidos con una armadura de hierro, pero su armadura se halla oxidada de hipocresía. Creen que son los héroes y los únicos gladiadores que pueden salvar el planeta, viven apasionadamente para que los demás los vean como los únicos protagonistas en las batallas. Si alguna vez hay un héroe que se lleva los aplausos, caen en un estado de amargura que les corroe el alma y les quita el sueño.
Nadie pelea como ellos, nadie es capaz de hacer las cosas como solo ellos lo hacen, el mundo los necesita y los aclama, los demás piden que sean inmortales y perennes, ellos venden una imagen eterna ante los demás y piden a la gente que los pongan en un pedestal y los honren.
Pero contrario a esta tendencia humana, los hijos de Dios, hemos elegido un camino de desprecio, humillación, aislamiento y muerte. Nuestro camino es un camino de cruz, adornado con coronas de espinas, carente de aplausos, lleno de calumnias y vituperios. Pueden tomar nuestro lugar cuando quieran, hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos. 1ª de Corintios 4:11-13